Confesiones – D. Fulgencio el cura

ARCHIVO DE VOZ en colaboración con C.S. de Personas Mayores del IMAS, Taller de Animación a la Escritura y la Lectura.

Ya sabéis de nuestro punto de encuentro con el Taller de Animación a la Escritura y la Lectura, dirigido por Manolita García García, cuyo epicentro en el curso pasado ha sido la novela de Juan Ramón Jiménez “Platero y yo”.

Manolita, con su tenacidad y perseverancia, pese la declaración del estado de alarma, continuó con la dinámica de su taller. Sus reuniones dejaron de ser presenciales, pero el aliciente de sus participantes fue en aumento esperando, de lunes a viernes a las 16:30h, el envío de los audios con las lecturas y creaciones literarias.

Aprovechamos la ocasión para agradecer a Begoña Aranda Caravaca, directora del Centro, por su apoyo para que esta conjunción fuera posible.

La siguiente aportación no dispone de audio, ya que fue realizada en el mes de diciembre, cuando todavía los encuentros del Taller eran presenciales y la realidad no había desplazado a la ciencia-ficción.

Don Fulgencio fue un destacado cura, natural de Molina, que una vez retirado ejercía labores de apoyo oficiando misas y confesando en la Parroquia de la Asunción en la década de los 40-50 del siglo XX. Contamos con un relato que nos habla de él.

FBG, 16 de abril de 2020, nacida el 3 de febrero del 1944.

EL CURA DE MI PUEBLO

Leyendo Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, me vienen a la memoria vivencias de mi infancia bastante semejantes a las que Juan Ramón comenta con su buen Platero de la vida en Moguer. Aunque yo soy de algunos años después, algunas costumbres y situaciones seguían siendo las mismas (años 40 -50).

Recuerdo que hubo en Molina un cura, ya mayor, que tenía bastante mal genio y poca paciencia (como don José, el cura del capítulo XXIV). Tenía yo seis años cuando hice la primera comunión; pues bien, para el día del Corpus, mi madre me mandó a confesar, era la segunda vez que lo hacía, y yo, tan ilusionada, cojo el reclinatorio más grande y cargado de medallas que había en la iglesia; con él y mi librito de oraciones me pongo en la fila, esperando mi turno; cuando por fin me toca, y ya en la ventanilla de celosía, el cura me pregunta que cuánto tiempo hace de la confesión anterior; yo empiezo a contar con los dedos y, no saliéndome la cuenta, le digo a don Fulgencio (que así se llamaba el cura) que voy a preguntarle a mi amiga; cuando estoy en plena consulta, asoma don Fulgencio la cabeza y, dando voces, nos echa de allí; todos los críos que estaban esperando salieron pitando; pero yo, como cargaba con aquel reclinatorio enorme más el libro, quedé la última y, cual estatua viviente, aguanté toda la reprimenda.

Al llegar a casa conté lo que había pasado y a mi madre se le escapó una sonrisa.

Cosas del cura de mi pueblo, del cura de mi infancia.